Oscar Nóbregas, escritor castellano que ha obtenido un éxito rotundo con su novela Retazos de un Bastardo, nos deleita ahora con varios relatos cargados de intriga, sensibilidad e imaginación.











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BAJO LA CALAVERA





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.......A veces las circunstancias más peregrinas pueden desembocar en aventuras que nunca hubiéramos podido imaginar... Fue mi obsesión por el perfeccionismo y mi curiosidad innata, lo que me llevó sin pretenderlo a hallarme a varios metros bajo tierra, buscando lo que ni siquiera se daba por perdido.
.......Hace ya algunos años, de vuelta a mi ciudad tras las vacaciones, cierta sensación que podría definir como un arrebato de nostalgia, me hizo recorrer toda la comarca de la vega baja del río Segura, antes de regresar a mi Castilla natal. Durante la adolescencia aquellas tierras formaron parte de mi propia sangre, hasta el punto de caer prendido por los ojos y la sonrisa de una oriolana, con la que pensé que acabaría compartiendo el resto de mis días. Pero sin duda el destino escribe guiones caprichosos, y, en infinidad de ocasiones, lo que se da por hecho es precisamente lo que no termina de ocurrir.
.......Imbuido en estos pensamientos, justo cuando circulaba de paso por Oleza, decidí visitar la casa de Miguel Hernández para poder recrearme en su vida y su poesía. Siempre me había sorprendido la indiferencia e incluso el desdén con el que mucha gente de aquel lugar había tratado la figura de este gran poeta. Me refiero sobre todo a aquellos más preocupados de guardar las apariencias y de ir a misa todos los domingos, que de hacer el bien al prójimo en toda la extensión de la palabra. Lo cierto es que un solo verso de Miguel, vale más que todos los pasos de Semana Santa con sus boatos y sus oropeles.





2



.......Estaba atardeciendo cuando aparqué el coche junto al palmeral de Oleza. A pesar de no hallarse cerca del casco urbano, me pareció buena idea saborear el paisaje de la sierra con toda la tranquilidad del mundo. Aquellas montañas de roca descarnada y precipicios vertiginosos me deslumbraban con sus tonos ocres anaranjados, encendidas por el sol de poniente. La Cruz de la Muela contemplaba majestuosa el paisaje que una vez abarcó el reino del intrépido rey godo Teodomiro. Frente a ella, se podían ver las ruinas desmoronadas del viejo castillo moro que en otros tiempos dominaba la villa desde lo alto del Monte San Miguel. Caminé embebido hacia el barrio de Santo Domingo, hasta topar casi sin pretenderlo con la Calle de Arriba, donde se encuentra la casa del poeta junto a la sierra.
.......La pequeña hacienda todavía conserva el aire de aquellos primeros años del siglo XX, con el rústico fogón de amplia chimenea en el centro y las habitaciones a los lados. Desde la cocina se accede al patio de la casa, y más al fondo al cobertizo de las cabras, Allí una vieja puerta de madera te lleva al humilde huerto escondido bajo las faldas de la montaña. La paz que se respiraba en aquel huertecillo labrado fue algo que me sedujo por completo. Los gorriones cantaban arropados en torno al silencio del lugar. Junto a varios surcos arados y un limonero, permanecía firme la robusta higuera que tanto amó aquel poeta pastor de cabras. Y es que hay árboles que emanan sabiduría, además de belleza en sus hojas y en sus ramas… Por unos instantes acaricié el tronco de la higuera deslizando las manos sobre la corteza, intentando sentir lo mismo que años atrás sintiera Miguel, y comprendiendo que se puede amar a un árbol más incluso que a un ser humano. Esa manifestación vegetal de la naturaleza en apariencia indolente, era sin duda una de las formas más bellas que había tomado la vida sobre nuestro planeta, escondiendo secretos indescifrables para el hombre.
.......De nuevo en el patio de la casa alcé la vista, y mis ojos fueron a dar con la cueva donde Miguel Hernández se escondía mientras pastoreaba, para escribir sus primeros versos oculto de la vigilancia severa del padre, que no comprendía cómo su hijo podía perder el tiempo con algo tan poco provechoso y la vez extravagante… Ese hombre desconocía que bajo el amparo de aquellas pendientes rocosas, se estaba fraguando la figura de un poeta universal; un poeta que más tarde escribiría a pecho descubierto con el alma desgarrada; un poeta que voceó con alaridos de angustia el sentir del pueblo llano.
.......Me dejé empapar durante un buen rato por el ambiente que vivió Miguel en su adolescencia, años antes de que partiera en un tren destartalado rumbo a la capital, para mostrarle al mundo su incipiente obra poética. Entré de nuevo en las habitaciones; primero en el dormitorio conyugal y luego en el cuarto de los hermanos. Una tras otra, me sumergí de lleno en todas las fotos que adornaban las paredes de las estancias. Allí tenía frente a mí una de las imágenes que más ha dado la vuelta al mundo: el sentido discurso tras la muerte de Ramón Sijé; fiel amigo suyo y compañero inseparable de inquietudes literarias.
.......Estaban a punto de cerrar la casa, cuando me hallaba contemplando aquella foto desvaída de Miguel junto a sus tres hermanos; esa simpática imagen donde Vicente aparece sentado con un sombrero entre las piernas y en la cual todos visten ropas bien compuestas, quizá para celebrar un evento familiar. Elvira, la mayor de las hermanas, lucía un llamativo vestido a cuadros. Miguel llevaba una chaqueta oscura y un pañuelo anudado al cuello. Encarna, la pequeña, iba arropada con un abrigo y apoyaba su manita sobre la pierna de Vicente. En ese momento observé que el marco de la foto estaba ligeramente torcido, y con un gesto mecánico lo enderecé para ponerlo recto. Pero lo que no podía imaginar es que la alcayata que lo sostenía estuviese floja… El marco se me escapó entre las manos como un pez resbaladizo y el cristal se hizo añicos por toda la estancia. Me agaché inmediatamente y comencé a reunir los pedazos esparcidos por el suelo. Mi afán era recogerlo todo y excusarme ante el guía de la casa, el cual apareció momentos después preguntando qué había sucedido. Aún de rodillas sobre el suelo, le expliqué azorado mi vana intención de poner el marco de la foto recto. Por fortuna el hombre se lo tomó a bien y no le dio importancia, cosa que me tranquilizó ante mi torpeza. Al momento se puso a barrer con una escoba el resto de cristales que quedaban por las esquinas. Me había hecho un pequeño corte en el dedo meñique y sangraba un poco. El guía amablemente se ofreció a curarme haciendo uso de un botiquín que tenía en la entrada. Fue entonces cuando vi ese papel amarillento en el suelo junto al marco… Al principio no le di la menor importancia, pues pensé que se trataba de alguna referencia para clasificar la foto. Pero ese pedazo de papel arrugado que se había desprendido del marco, tenía escrita una leyenda que me intrigó de forma inmediata:
“Bajo la calavera del cuarto papa dominico, la losa cede”.
.......Me quedé estupefacto ante aquel mensaje, en apariencia sin sentido. En esos momentos dudaba qué hacer con aquel singular hallazgo que había caído en mis manos por un cúmulo de despropósitos absurdos. Poco después percibí los pasos del guía acercándose a la estancia. Entre una mezcla de nerviosismo y culpabilidad, guardé con disimulo aquel escrito inconexo en el bolsillo de la camisa… No sé qué expresión tendría mi rostro cuando el hombre entró con un paquete de algodón y un bote de agua oxigenada; lo cierto es que mi mente ya volaba lejos de allí intentando descifrar la frase: calavera…… papa…… losa……
.......Le di las gracias por su gentileza y salí de la casa como flotando en el aire, con la mano derecha introduciendo los dedos en el bolsillo para comprobar si todo aquello había sido una alucinación… Pero no lo era. Torcí la esquina del Colegio Santo Domingo, y frente a la fachada renacentista volví a leer lo que estaba escrito en aquella misteriosa nota.





3



.......De vuelta a Madrid mientras iba conduciendo, varias preguntas sin respuesta rebotaban en mi cabeza: ¿Quién habría escrito aquella nota? ¿A quién iba dirigida? ¿Por qué ocultarla durante años en la foto de Miguel y sus hermanos?
.......Tras cinco horas de viaje, no recuerdo cómo llegué esa madrugada a mi casa, ni tan siquiera dónde aparqué el coche. Esa noche no pude pegar ojo y estuve dando mil vueltas sobre la cama. En plena oscuridad, aquella frase enigmática rondaba una y otra vez por mi mente:
“Bajo la calavera del cuarto papa dominico, la losa cede”.
.......Al día siguiente nada más levantarme me dirigí de inmediato a la Biblioteca Nacional, con la intención de recabar datos sobre la vida de Miguel Hernández; pero no conseguí obtener ninguna información que fuera de relevancia. En el archivo de la biblioteca me aseguraron que la mayoría de los datos y la documentación acerca del poeta se hallaban en el ayuntamiento de Elche, y que debería solicitar un permiso especial para acceder a ellos. Por unos momentos caí en el desánimo, aunque eso no alivió en absoluto mi obsesión por resolver el enigma de la nota. Empecé a discurrir sobre quién podría echarme una mano al respecto, sin embargo todo fue en vano. A pesar de tener infinidad de amigos filólogos, ninguno de ellos me alentó para continuar con las pesquisas, argumentando que lo más probable es que se tratara de una nota fantástica, escondida allí más por un juego, que con la intención de comunicar un mensaje real. Pero algo que burbujeaba alrededor de mi intuición me decía que no era así…
.......Durante varias semanas me olvidé del asunto, o, mejor dicho: intenté olvidarme, pues aquel hallazgo fortuito en forma de papel amarillento rondaba mi cabeza sin cesar… Lo cierto es que no me desprendí de aquella nota ni un solo instante y la llevaba en mi cartera a buen recaudo, casi obsesionado con que alguien pudiera hacerla desaparecer, de la misma forma que un día se topó frente a mis ojos. Tenía el presentimiento de que ese manuscrito me había elegido a mí como portador del mensaje que aún estaba sin descubrir.
.......Y por pura casualidad, apareció la persona que me ayudó de manera intrépida y resuelta a continuar con mi investigación; investigación, por otro lado, que no sabía si alguna vez llegaría a buen puerto, pues aquella nota, más que una brújula, era un esbozo de constelaciones flotando sobre mis discernimientos…
.......Una tarde paseando por el parque decidí sentarme para descansar. Alguien había abandonado en el banco un periódico. El caso es que durante un buen rato lo ignoré por completo; pero al final, no teniendo otra cosa mejor que hacer, me puse a hojearlo, y ante mis ojos apareció un reportaje que me llamó la atención: “Vida y muerte de Miguel Hernández”.
.......El artículo estaba firmado por Sarah Zarco, historiadora y licenciada en Filología Clásica. Allí comentaba numerosos pasajes inéditos sobre la vida del poeta. Extraje la hoja del periódico, la doblé con ansiedad y volví a casa presa de un nerviosismo que me desbordaba. Por medio de mi amigo Iván Smiélkov, escritor español de padres rusos, pude contactar varios días después con Sarah Zarco para comentarle mi extraño hallazgo… Aquello resultó ser como una bocanada de aire fresco, pues fue la primera persona que vio algo de fundamento en aquella misteriosa nota que no podía quitarme ni un instante del pensamiento:
“Bajo la calavera del cuarto papa dominico, la losa cede”.
.......Sarah Zarco me sugirió que le enviase por carta una fotocopia del escrito, para poder analizar la letra y de esa manera intentar descubrir al autor de la misma. Sarah vivía en un pueblo cercano a Oleza, y esa proximidad con el lugar de los hechos facilitaba mucho las cosas a la hora de poder hallar una respuesta.
.......Estuve un par de meses sin saber nada de ella, hasta que una noche a las dos de la madrugada sonó el teléfono. Descolgué el auricular de la mesilla y contesté somnoliento. Al otro lado escuché la voz dulce de Sarah. Tras disculparse sobre lo intempestivo de la llamada, me aseguró que después de cotejar varios escritos estaba convencida de que aquellas palabras salieron del puño de Josefina Manresa, la viuda de Miguel Hernández. Brinqué sobre la cama y di un grito de alegría que sin duda despertó a los vecinos… Eso suponía un salto cualitativo en la investigación acerca de la nota. Me di cuenta de que por fin la brújula empezaba a marcar una dirección concreta.
.......Pedí permiso a mi jefe por asuntos propios y a los tres días estaba de camino a Alicante.





4



.......Volví a alojarme en el hostal de Mil Palmeras cerca de Campoamor, donde el verano anterior había alquilado un apartamento a finales de septiembre. A mi llegada, la recepcionista me miró sorprendida de volver a verme allí fuera de temporada. Quizás por mi naturaleza metódica, pedí la misma habitación que estuve usando durante las vacaciones. Lo cierto es que su ubicación frente al mar con los acantilados al fondo, justificaba plenamente mi requerimiento. Hice una llamada telefónica a Sarah Zarco, que me citó al día siguiente en Oleza para hablar del asunto e intercambiar impresiones. Estaba impaciente por compartir mis inquietudes respecto a todo lo que rodeaba aquel misterio… Debo confesar que también tenía curiosidad por conocer a Sarah y poner de una vez rostro a sus palabras. Desde el principio intuí que era una persona rodeada de cierta aureola de magnetismo, y no estaba equivocado.
.......Tras deshacer mi equipaje, decidí pasear por la orilla del mar deambulando sin rumbo fijo, pensando cómo el capricho del destino había querido llevarme hasta allí, más que por azar, por alguna fuerza oculta que me obligaba a caminar en aquella dirección para guiarme hasta un lugar que desconocía. Empecé a estar plenamente convencido de que esa nota había sido puesta delante de mí para encomendarme la misión de descifrar el enigma. Puede que fueran conjeturas absurdas, pero a veces lo más absurdo de nuestras vidas nos lleva a conclusiones de férrea certeza ante lo que nos sucede.
Aquella noche dormí a pierna suelta y lo agradecí.
.......Al día siguiente, tras una frugal comida, cogí el coche y me encaminé en dirección a Oleza. Allí por fin conocí a Sarah Zarco, que me estaba esperando en un banco de la Glorieta, sentada bajo un ficus centenario. La sensación que tuve con Sarah desde el primer momento es difícil de explicar; tan sólo diré que a la media hora de estar charlando con ella, tenía la impresión de que nos conocíamos desde siempre…
.......Me sugirió que fuéramos a una tetería árabe cercana a Crevillente. Montamos en mi coche y tras perdernos por caminos de tierra que no llegaban a ningún sitio, por fin encontramos la tetería, que estaba en una pintoresca mansión perdida en medio del campo, rodeada de jardines laberínticos adornados con fuentes, estanques y pavos reales. Aquel lugar gozaba de un sosiego inusual para los días de ajetreo urbano que nos ha tocado vivir. Mientras atardecía, nos tomamos un té en la jaima de la azotea, envueltos por un ambiente de velas, azahar, música arabesca y esencias secretas.
.......Charlamos largo y tendido de nuestras vidas y de nuestras inquietudes. Sarah era una persona realmente especial. Estaba por encima de cualquier convencionalismo y te ofrecía, sin pretenderlo, una visión distinta de las cosas. Su manera de hablar dulce y sugerente era algo que embelesaba a cualquiera. Con su tono de voz suave acariciaba las palabras. Cuando Sarah hablaba, tenía la sensación de que se detenía el tiempo; de que todo lo exterior a nuestro entorno dejaba de existir por unos momentos. Su mirada era profunda y firme, capaz de intimidar si la mantenía durante más de unos segundos frente a frente…
.......Por unas horas me olvidé del cometido que me había llevado hasta allí, embriagado con los encantos de Sarah. Al llegar de nuevo a Campoamor, paseé una vez más por la orilla de la costa intentando asimilar todo lo que había vivido en aquella intensa jornada. Entonces me di cuenta de que tendría que hacer un esfuerzo por no sucumbir ante el embrujo de aquella persona, y que debía evitar cualquier desbordamiento afectivo que me desviase de la investigación, si quería llevar hasta el final mis propósitos... Meses atrás yo había terminado una relación sentimental y huía como gato escaldado de cualquier vestigio de agua, por muy limpia y transparente que se mostrara ante mis ojos… Aún lo tenía muy reciente y de alguna manera me sentía traicionado en lo más íntimo de mi corazón. Aquella mujer que tras varios años de convivencia juraba haberme dejado estando todavía enamorada, al poco tiempo iniciaba otra relación de pareja, que me hizo pensar que lo nuestro había sido una farsa; la representación barata y mediocre de una comedia de histriones ambulantes, que a lo largo de siete años habían repetido una y otra vez su triste papel. Tras aquella relación, decidí poner un muro alrededor de mis sentimientos para no volver a sufrir nunca más… Debo admitir que no estaba seguro de poder mantener las compuertas de mi corazón cerradas ante los estímulos exteriores, y sabía que con Sarah, antes o después, aquel dique que había construido cedería desbordando a su paso mi resistencia.
.......Pero era tal la inquietud que sentía por seguir investigando, que durante mi estancia en Alicante pude apartar todo lo que no tuviera que ver con aquella nota y me centré con ahínco en las pesquisas.






5



.......A los pocos días de mi estancia allí, recogí los primeros frutos que empezaron a montar el rompecabezas. Después de indagar revisando infinidad de periódicos, hallé un artículo que hacía referencia a la muerte de Josefina Manresa, en el que ponía literalmente:
“El Ayuntamiento de Elche acordó con la viuda del poeta la cesión de los manuscritos de Miguel Hernández, que ésta guardaba celosamente en un baúl, y que han pasado al archivo municipal para su clasificación y catalogación.”
.......Esa misma tarde me cité con Sarah Zarco en Oleza, llevándole una copia de dicho artículo. Sarah me comentó que aparte de esos manuscritos, se rumoreaba que Josefina guardaba en un lugar secreto varias cartas con poesías inéditas de Miguel, que habían sido ocultadas durante la posguerra. Muchos creyeron que se trataba de un bulo, pero poco antes de morir, alguien la escuchó balbucear algo referente a cierto cofre que ocultaba un mensaje. Aquello no fue tomado en serio, pues pensaban que la mujer estaba delirando antes de expirar para siempre.
.......Durante varios días la investigación quedó estancada, al no hallar ningún otro dato relevante que nos pudiese ofrecer una explicación al mensaje que exponía la nota hallada en el marco de la foto familiar. Pero todo tomó un giro inesperado, aquella tarde que Sarah me propuso visitar algunos monumentos de Oleza… Fuimos primero a la Iglesia de Santiago, donde en el siglo XV los Reyes Católicos celebraron cortes pidiendo voluntarios que se aprestaran a la conquista de Granada, para librar por fin a España del yugo musulmán. La fachada principal de Santiago, era sin duda una de las joyas más valiosas que conservaba Oleza. Estuvimos después en la Catedral gótica construida sobre la antigua mezquita, la cual fue durante mucho tiempo motivo de disputa entre los reinos de Castilla y Aragón. Junto a la capilla, contemplamos el cuadro de La tentación de Santo Tomás, que hasta bien entrado el siglo XX no se supo que pertenecía al pintor Diego Velázquez. Por último nos acercamos al Colegio de Santo Domingo, otro de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Fundado por Fernando de Loazes a finales del siglo XVI, cada rincón de aquel edificio evoca cierto misterio… El guía nos hizo un amplio recorrido por el Colegio, contándonos al detalle todas las anécdotas, a cada cual más interesante. Paseamos primero por los dos claustros: el del monasterio y el de la universidad. Luego visitamos la iglesia, varias veces inundada por los desbordamientos del río Segura y que aún conserva los vestigios que aquellas catástrofes. El guía nos mostró algunas de las curiosidades del recinto, como las pilas de bautismo, que eran dos enormes conchas naturales. Después hizo alusión al dibujo del demonio que flotaba sobre nuestras cabezas, advirtiendo de las consecuencias que puede suponer no llevar una vida recta y mesurada. También nos comentó que bajo nuestros pies había una cripta sellada con tumbas de monjes y enfermos de lepra. Sentí una especie de hormigueo en las piernas al imaginarme el ambiente que ahora se podría respirar allí adentro…
.......Pero fue al hacer referencia a la impresionante cúpula de la iglesia, cuando sucedió lo imprevisto. El guía, al que escuchábamos con suma atención, habló en estos términos:
“En el techo bajo la cúpula, podéis ver pintadas las imágenes de los papás dominicos. De esos cuatro papas, el ilustre Frater Joanes de Vesellis aparece representado por una calavera. Ello se debe a que este papa en realidad nunca ejerció su pontificado, ya que le sobrevino la muerte camino de Roma, antes de poder llevar sobre su cabeza la mitra papal.”
.......Al escuchar esto, miré de inmediato hacia el suelo de la iglesia y la sangre se me heló… Justo bajo la efigie macabra de aquel papa, se hallaba una pequeña losa diferenciada de las demás por tener una argolla. Sarah también se percató de aquel hecho, que en apariencia no tenía la más mínima importancia para alguien que no hubiera leído aquella misteriosa nota. Empecé a sudar por las sienes, mientras las palabras de ese papel amarillento se agolpaban una vez más frente a mis ojos:
"Bajo la calavera del cuarto papa dominico, la losa cede".
.......Salimos de la iglesia completamente alterados por la explicación del guía, que cuadraba de manera calcada con los datos que mencionaba el mensaje encriptado.
.......De regreso a Mil Palmeras conducía el coche absorto, con la calavera de Frater Joanes de Vesellis grabada a fuego en mis pupilas… No había hecho más que salir de allí, y ya estaba impaciente por volver de nuevo al Colegio de Santo Domingo. Pero al día siguiente permaneció cerrado a las visitas, y no tuve más remedio que posponer mis planes durante cuarenta y ocho interminables horas.






6


.......El lunes por la noche me vi con Sarah en un café de Oleza, y le confesé abiertamente mis intenciones: tenía decidido quedarme en la iglesia del Colegio durante toda la noche para intentar abrir aquella losa de la argolla... Me sorprendió la naturalidad con la que escuchaba mis palabras. En ningún momento le pareció extravagante el hecho de pretender ocultarme allí de manera clandestina. Mi complicidad con ella iba in crescendo y cada día me costaba más esfuerzo poner cerco a los sentimientos. Intuía que antes o después el dique de la presa reventaría en mil pedazos, pero seguí haciendo acopio de frialdad y me mantuve en mi sitio… Por fortuna, sus planes futuros estaban a muchos kilómetros de España: Sarah tenía decidido partir con dirección a Nuevo México, empujada por el afán de aventura y de sentirse plenamente libre. Estaba preparando una tesis sobre el genocidio yanki contra los indios originarios de Norteamérica. Desde hacía varios años le rondaba por la cabeza conocer las costumbres ancestrales de aquellos pueblos. Esa noche, junto a dos tazas de café, me habló del exterminio masivo de las tribus indígenas: millones de seres borrados del mapa sin miramientos a lo largo de varios siglos, por la mano infame y brutal del hombre blanco. Fueron muchos millones más que las víctimas del holocausto nazi, y no es algo tan lejano en el tiempo como para tenerlo ya olvidado.
.......Juntos planeamos todos los detalles acerca de mi encierro voluntario. Al despedirme frente a su portal aquella noche, sentí que mi corazón estaba cada vez más cerca de Sarah... De vuelta a Campoamor decidí pasear por la playa repasando los pormenores de mi permanencia nocturna en la iglesia del Colegio, una vez cerradas sus puertas de cara al público. Aquella madrugada daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. La curiosidad me carcomía por dentro y la espera se hacía eterna. Sin duda había algo importante bajo esa losa que supuestamente cedía, y yo estaba impaciente por descubrirlo. Me sentía como un egiptólogo antes de correr la piedra de una tumba que había permanecido sellada más de un milenio…





7



.......Amaneció un día lluvioso e intempestivo. El viento azotaba las olas contra los acantilados provocando un sonido atronador. Por la tarde cogí el coche una vez más en dirección a Oleza calculando el tiempo exacto, de modo que al entrar en el Colegio no faltasen demasiados minutos para su cierre, evitando de esa manera llamar la atención con mi presencia. Cuando entré en la iglesia el guía estaba atendiendo a un grupo de personas bastante numeroso y pude pasar desapercibido haciendo la visita por mi cuenta.
.......A las siete menos cuarto, justo antes de que cerraran, me escondí en uno de los confesionarios. Aquellos minutos se me hicieron interminables. Al oír las campanadas de las siete en punto, mi corazón se aceleró. Tras escuchar el cierre de los portones y la llave dando un par de vueltas sobre sí misma, supe a ciencia cierta que ya no había marcha atrás… Me esperaba una larga estancia allí dentro y era imprescindible hacer acopio de paciencia. Una hora más tarde, escuché al fondo los pasos del conserje cerrando la puerta que daba a la calle… Me había quedado completamente solo. Como medida de precaución, decidí no moverme del confesionario durante un tiempo prudencial, por si alguien entraba de nuevo a recoger algo en un olvido inoportuno.
.......Era ya noche cerrada y el viento soplaba a ráfagas con ímpetu. Dependiendo de la dirección que tomara el aire, los tubos del órgano de la iglesia gemían de forma siniestra… Pero los momentos de calma resultaban casi peores, pues esa misma quietud me intranquilizaba. Percibía un silencio denso y plúmbeo, capaz de ahogar al más intrépido. Creo que transcurrió alrededor de una hora, cuando por fin decidí salir con sigilo del confesionario. Debo decir que a pesar de encontrarme allí físicamente en soledad absoluta, no era ésa la sensación que mi cuerpo percibía. En todo momento me sentí observado, sin saber cómo ni por quién… Lo cierto es que una especie de magnetismo telúrico bajo mis zapatos hacía que me flaquearan las piernas. Me estremecía el hecho de pensar que tan sólo me separaban escasos metros de una cripta repleta de esqueletos humanos y cadáveres momificados… Haciendo acopio de todo el valor que pude, saqué la linterna y paseé por la nave de la iglesia entre una mezcla de calma y tensión. Cuando dejaba de soplar el aire, el más mínimo ruido se multiplicaba por diez. El simple crujir de los bancos de madera producía un eco sibilino… Por unos momentos creí percibir los suspiros susurrantes de una lechuza junto a uno de los ventanales, y aquello sumado a las notas disonantes de los tubos del órgano empezó a inquietarme de veras.
.......Caminé hasta situarme en el centro de la iglesia y dirigí el foco de luz hacia el techo junto a la cúpula: allí permanecía estática y desafiante la lúgubre calavera de Frater Joanes de Vesellis, que me observaba desde arriba con gesto inquisidor... Sin duda fue por obra de la casualidad, o al menos así quiero creerlo, pero cuando la luz enfocaba directamente al cráneo del papa muerto, comenzó a arreciar el viento de forma impetuosa haciendo sonar los tubos del órgano con una tétrica sinfonía que me puso los pelos como escarpias… Aparté el foco de la calavera y fui dirigiendo el haz de luz guiado por la columna estriada hasta enfocar al suelo: allí tenía frente a mí la losa de mármol con su argolla oxidada. Envuelto en aquella sinfonía de notas delirantes tiré de la argolla, que, tras un segundo intento, cedió con suma facilidad. Levanté la losa con el corazón acelerado y enfoqué: en un fondo de apenas diez centímetros, había un cofrecillo ribeteado en papel de oro y una vieja llave plateada. Lo abrí y encontré un pergamino enrollado, sujeto con un cordel grisáceo. Mientras me aumentaban las pulsaciones, desenrollé el pergamino, que contenía la siguiente frase escrita:
“QUINQUAGINTA ITINERA INTRA, IN SPECUM CALORE, IN ARGILLA SCAPHIUM.”
.......Me quedé desconcertado al no poder comprender el significado de aquellas palabras. Cogí el cofre, lo guardé en el bolsillo de la cazadora y coloqué la losa en su sitio. Al incorporarme, la linterna se me cayó golpeando contra el suelo. Envuelto en una penumbra casi absoluta, me di cuenta de que la bombilla se había fundido. A tientas fui acercándome hasta el confesionario y me recosté allí dentro como pude. La tensión acumulada dio paso a un tremendo sopor y me quedé dormido en una postura forzada. Al final de la noche, tuve una pesadilla que me hizo despertar con las manos sudadas, aferrando el cofre con fuerza:
.......En aquel sueño turbulento, la iglesia comienza a temblar… Bajo el confesionario, el suelo se resquebraja, abriéndose una grieta enorme. De pronto, los brazos de los leprosos allí sepultados consiguen atraparme, y entre lamentos desgarradores me sumergen en la cripta de la iglesia. Pretenden quitarme el cofre, pero me opongo a ello con todas mis fuerzas. Extenuado, gateo sobre un suelo lleno de vísceras… Lucho por salir de allí, y lo consigo subiendo por una escalera de caracol que me lleva al púlpito de la iglesia. Desde arriba observo cómo sus cuerpos corrompidos se van deshaciendo ante mí hasta desaparecer entre las grietas. Me quiero cerciorar de que todavía conservo el cofre en la cazadora y lo saco para verlo. Lo abro de nuevo, y, al comenzar a leer aquel mensaje en latín, observo que mis manos se despellejan dejando al aire los músculos de los dedos. Horrorizado, veo que también comienzo a perder la carne mostrando los huesos desnudos…
.......Desperté dando un grito de terror, mirándome las manos con la respiración entrecortada. Un leve hilo de luz entraba por las vidrieras de la iglesia. Estaba amaneciendo. Medio somnoliento, decidí no moverme del confesionario hasta que llegase una hora prudencial que me permitiera salir del Colegio. Vislumbrando entre las cortinillas negras la figura amenazante del demonio sobre la nave de la iglesia, pensé en la cantidad de almas que habrían sido sometidas durante siglos por el yugo de la iglesia y el pánico a la Inquisición, atemorizadas por mensajes apocalípticos que jamás sucedieron. Después dejé volar mi mente, imaginando a la aristocracia sentada en los palcos reservados, haciendo mostrar sus joyas brillantes a la plebe con gesto altivo. Tras el culto divino, los nobles se acercaban majestuosos hasta la sacristía, cubriendo de monedas al abad para conseguir las indulgencias que les libraran de toda culpa ante sus pecados.
.......Alguien entró en la iglesia sobre las nueve de la mañana. Escuché pasos a lo largo de la nave y el ruido seco de algunos golpes dados de forma sistemática. Al cabo de un rato, aquella persona empezó a tararear una canción. Sin duda era la mujer de la limpieza. Cuando percibí que salía de allí una media hora después, me deslicé sin hacer ruido hasta la salida del colegio, con la suerte de que nadie en absoluto se percató de mi presencia. Respiré hondo una vez más y me dirigí al coche exultante, deseoso de que Sarah me tradujera el significado de aquella extraña frase en latín que contenía el cofre hallado bajo la losa:
“Quinquaginta itinera intra, in specum calore, in argilla scaphium.”






8



.......Mientras conducía en dirección a Campoamor para echarme una cabezada, mi nerviosismo iba en aumento sólo de pensar qué significado podía ocultar esa leyenda encontrada en aquel viejo cofre. Llegué al hostal, y una vez en la habitación me quité la ropa con alivio, tumbándome sobre la cama boca arriba. Entonces fue cuando caí en la cuenta de que había permanecido varios días incomunicado del mundo, sin hablar con mis amigos y sin dar señales de vida. Esa misma tarde llamé a la oficina para decir que iba a prolongar mi ausencia, evitando más explicaciones de las necesarias, aun a riesgo de perder el trabajo.
Después llamé a Sarah por teléfono para comentarle mi aventura nocturna en la iglesia, aunque no pude localizarla. Insistí varias veces a lo largo del día, pero no hubo manera. Decidí coger el coche y acercarme hasta su casa. Una vez allí, llamé al timbre de la puerta. No contestaban. Di vueltas por el pueblo durante un par de horas y volví. Nada. No había ni rastro de Sarah por ningún lado... Algo nervioso, regresé a Campoamor preocupado por aquella desaparición repentina.
.......Al día siguiente volví a llamarla con idéntico resultado. Decidí no darle la mayor importancia, pues sabía que Sarah deambulaba por la vida a su aire y estaba seguro de que antes o después aparecería... Esa tarde fui a Correos para ponerle un telegrama a Iván Smiélkov, con la esperanza de que pudiese traducirme el texto en latín. Por la mañana recibí un telegrama en el hostal con remite de Iván, que decía así:
«Aunque me gustaría ayudarte, ese texto, tal como me lo transmites, no tiene mucho sentido. Si pudiera comprobar los signos de puntuación y las terminaciones casuales de las palabras, a lo mejor hallaríamos la clave del significado... Sólo me atrevo a proponer una traducción de los primeros vocablos. Podría ser algo así: “Entra en la cueva por cincuenta caminos”. El resto debería formar otra oración: “A causa del calor la vasija se convirtió en arcilla”, aunque para esta interpretación tendría que aparecer en el texto la palabra arguillam. Lo siento, pero no consigo encontrarle el sentido.Saludos, Iván Smiélkov».
.......El telegrama de Iván consiguió encender aún más si cabe mi curiosidad… Lo cierto es que se la mirara por donde se la mirara, aquella retahíla en latín no parecía tener ningún significado… ¿o quizás sí?
.......Esa noche recibí una llamada en el hostal. Era Sarah. Mi alegría al oír su voz fue inmensa… Me dijo que había estado fuera de Alicante, asistiendo a un congreso sobre la cultura oral de las tribus indígenas. Le comenté mi aventura en la iglesia y el hallazgo bajo la losa. Luego deletreé una por una cada palabra en latín para que me tradujese el texto. Tras unos segundos en silencio que se me hicieron eternos, Sarah me dijo que la traducción literal de las palabras era la siguiente:
"Cincuenta pasos adentro, en la cueva del calor, en una vasija de barro".
.......Le pregunté si le sugería algo y contestó que sí, pero que era mejor que nos viésemos en persona para hablar del asunto. Una vez más nos citamos en la tetería árabe. Sentados en un recodo de los jardines le entregué aquel cofre, impaciente por escuchar sus impresiones al respecto... Me comentó que había oído hablar en innumerables ocasiones de la Cueva del Calor. Según cuentan los ancianos del pueblo, aquella gruta era un lugar maldito, que despedía bocanadas de aire caliente incluso en las noches más frías del invierno... A medida que Sarah me lo contaba, mi expectación iba acrecentándose: me dijo que la cueva estaba junto a las ruinas del castillo moro de Oleza, y que muchas personas habían desaparecido allí, entrando en las profundidades para no salir jamás. Dicen que los moros del castillo bajaban por un pasadizo secreto que se perdía en las entrañas de la sierra por vericuetos laberínticos, hasta llegar a la ribera del río en una salida oculta por juncos para camuflar el acceso. Los hay quienes aseguran que otra de sus galerías va a parar al pozo del claustro del monasterio de Santo domingo. Otros afirman que en una bóveda de la caverna existe una abertura sellada con una falsa pared, donde permanece intacto un tesoro repleto de piedras preciosas, traído en los tiempos de dominio árabe desde la lejana ciudad de Damasco. También dicen, que oculto en algún rincón de la cueva, se conserva el pergamino con la firma del rey godo Teodomiro en el famoso pacto de Tudmir, el cual le otorgaba plena autonomía para conservar las costumbres de su pueblo, dentro del propio imperio musulmán de Al Ándalus.
.......Sarah me narró la heroica historia de La Armengola contra los mudéjares: Armengola era la nodriza de los hijos de Benzaddon, el jefe moro de la alcazaba. Acompañada de dos hombres disfrazados con las ropas de sus hijas, degolló a la guardia mora que custodiaba la fortificación, para salvar de una masacre al pueblo cristiano. Cuentan que el espíritu de Benzaddon merodea por las ruinas del castillo en las noches de luna creciente, y que se pueden oír sus lamentos por todo el valle en el silencio de la madrugada.
.......Escuchaba embelesado las narraciones de Sarah, que añadía a cada comentario su toque personal, envolviendo las palabras con un tono encantador y sugerente. Rodeados de aquel ambiente oriental con jardines y fuentes que recordaban a La Alhambra, no suponía esfuerzo alguno trasladarse en el tiempo y revivir con la imaginación aquellos pasajes de la historia que habían terminado por convertirse en leyenda viva. Lo cierto es que era difícil no sucumbir ante su fascinación, y, poco a poco, sin que ni ella misma lo supiera, fue tejiendo una tela de araña a mi alrededor que me atrapó por completo… Aquella noche en la tetería junto a Sarah, supe que los muros de mi dique se resquebrajaban.
.......Al despedirme le comenté mi intención de visitar la Cueva del Calor lo antes posible.





9



.......A la mañana siguiente recibí un telegrama en el hostal con remite de mi empresa, diciendo que prescindían de mis servicios como empleado. He de confesar que en aquellos momentos no me importó lo más mínimo, pues lo único que tenía en la cabeza era descender por la gruta en busca de aquella vasija.
.......Después de comer preparé la mochila con todos los utensilios necesarios y me encaminé en dirección a Oleza. Aparqué el coche en el mirador junto al seminario, y me dirigí a la Cueva del Calor por un pequeño sendero pedregoso. Desde allí se divisaba una panorámica espectacular de toda la vega del río. Según iba avanzando, el sendero se tornaba cada vez más sinuoso y escarpado. Llegué por fin a la altura del castillo sobre el Monte San Miguel y crucé asombrado las ruinas de la antigua alcazaba, imaginando cómo La Armengola y aquellos valientes insurrectos pasaron a cuchillo a todos los musulmanes que se cruzaban a su paso.
.......Pocos instantes después, me hallaba frente la entrada de la temida Cueva del Calor. Apenas era una abertura sobre el suelo de dos metros de diámetro. Se me hacía difícil pensar que esa gruta estrecha pudiera descender hasta la ribera del Segura. Un escalofrío me recorrió la espalda al asomarme y percibir una brisa cálida emanando de su interior. Respiré hondo varias veces, y me dispuse a entrar en busca de aquella vasija oculta en las profundidades... Encendí el frontal de la linterna y comencé la expedición. A medida que penetraba en la caverna, no podía dejar de imaginarme a los moros bajando por algún pasadizo secreto que llevaba hasta la galería sellada donde estaba oculto el tesoro de Benzaddon.
.......El primer trecho de la cueva descendía literalmente en picado, aunque no ofrecía más dificultad que alguna prominencia incómoda. Pero a partir de un punto en el que torcía hacia la izquierda, comenzaba un tramo sumamente estrecho que se debía atravesar reptando. En esas circunstancias era del todo imposible ir contando los pasos, por lo cual deduje que la cifra de cincuenta a la que aludía el pergamino, tan sólo indicaba de manera aproximada dónde se hallaba la vasija, si es que en realidad se encontraba en aquel lugar…
.......Una vez pasado dicho tramo, continué el recorrido dejando a los lados varias galerías anexas que podían llevar a la confusión, pero di por hecho que el pasadizo principal era la referencia a seguir. Como medida preventiva, fui colocando pequeñas piedras en las bifurcaciones para que a la vuelta no hubiera lugar posible a error. Perderme en aquella caverna tenebrosa sin ayuda y sin provisiones me habría conducido a una muerte segura… Nunca he padecido de claustrofobia, pero hasta el ánimo más templado podría sufrir una crisis ante una situación imprevista en las profundidades de aquella sima. Sin duda lo más acertado era concentrarse en cada instante, procurando no caer víctima del nerviosismo.
.......De vez en cuando encendía una vela para comprobar la calidad del oxígeno y verificar también si corría algo de aire. El leve movimiento oscilante de la llama delataba que aquel pasadizo comunicaba con alguna salida, aunque ignoraba por completo a qué distancia podría estar. Mi única certeza era saber que en esos momentos me hallaba inmerso en las entrañas de la sierra… Lo cierto es que había superado con creces los cincuenta pasos indicados por el pergamino y no encontraba ni rastro de aquella vasija. Sin dejar que el desánimo se apoderase de mí, continué descendiendo con cautela, vislumbrando a los lados varios pozos insondables, alguno de los cuales dejaba escapar el murmullo de aguas subterráneas. Era obvio que la humedad iba en aumento a medida que descendía. A su vez, leves bocanadas de aire caliente acariciaban mi rostro, haciéndome intuir que aquellas montañas tenían un origen volcánico.
.......Tras recorrer varias pendientes muy inclinadas, llegó un momento en el cual el pasadizo se bifurcaba de forma simétrica. Durante unos instantes dudé qué dirección seguir, pero mi sorpresa fue cuando, al iluminar la pared rocosa que indicaba el camino de la izquierda, vi una inscripción tallada a machete en la pared, que decía:
"Escríbeme a la tierra, que yo te escribiré".
.......Sin duda alguna, ésa era la dirección correcta... Avancé unos metros por aquel pasadizo, hasta hallar una pequeña cavidad en forma de bóveda. En un recodo, medio enterrada, encontré por fin la vasija de barro. Un mareo vertiginoso provocado por el cansancio y la falta de oxigeno puro, hizo que me desplomara en el suelo. Tras unos segundos en los que me sentí completamente aturdido, aparté la arena con mis manos y abrí la tapa de la vasija. Expectante, hallé una nota en la que ponía:
“Aquí se encuentran las últimas cartas escritas por Miguel Hernández tras la Guerra Civil, durante su encierro en la prisión de Alicante. Dichas cartas contienen poesías inéditas que jamás vieron la luz, pues la correspondencia fue retenida, ya que se consideró por la censura como propaganda subversiva que podía sublevar al pueblo mediante los versos. Fueron rescatadas de la cárcel gracias a varios compañeros intrépidos que desafiaron un posible castigo de las fuerzas opresoras. Se ocultaron aquí como medida de precaución, esperando que algún día vuelvan a salir al exterior.”
.......Emocionado, saqué una por una todas las cartas de la vasija… Estaban amarillentas debido al paso del tiempo y algo humedecidas por el ambiente de la caverna. No lejos de allí, podía oírse el rumor de un manantial subterráneo que daba al entorno cierto sosiego. Cogí del macuto un manojo de velas blancas, las situé en círculo alrededor de la bóveda, y en una especie de ritual me dispuse a leer esos escritos. Lo más sensato hubiera sido meter las cartas en la mochila y salir de allí cuanto antes, pero algo me impedía retornar con ellas a la superficie… Las velas se fueron consumiendo mientras permanecía embebido por los versos, a cual más bello y desgarrador. No puedo describir con palabras la intensidad de esas poesías, pero sin duda habían salido de su puño a borbotones, como gotas de sangre hirviendo volcadas sobre las hojas. Miguel empujaba aquellos versos sublimes por arrebatos de instinto vital, arrancándose el corazón de cuajo. Eran poemas feroces, definitivos, universales; poemas que clamaban la voz de un ser humano redimido a base de sufrimiento; poemas de un hombre que ha traspasado las fronteras de la mortalidad para renacer de nuevo.
.......Mis lágrimas se derramaron sobre aquellas hojas cargadas de sentimientos. Leyendo esas cartas húmedas y amarillentas, sentí una mezcla agridulce de dicha y tristeza a partes iguales. Soy incapaz de medir el tiempo que pude permanecer embebido entre los poemas. Más bien diría que el tiempo se detuvo allí dentro, o mejor, que el tiempo no existía bajo las profundidades... Al terminar de leer, el eco lejano de una voz intemporal me impidió sacar las cartas de esa cueva legendaria. Aquella voz me susurraba que los versos formaban parte de la tierra y que allí debían permanecer para siempre, bajo los montes donde Miguel pastoreaba con sus cabras y donde escribió sus primeras estrofas. Por un lado era consciente de que dejar allí oculta la obra póstuma de uno de los mejores poetas que había dado la humanidad era una locura, pero aquel eco no me permitió sacar ni uno solo de los manuscritos. Introduje de nuevo las cartas en la vasija y la volví a cubrir de tierra.
.......Cuando por fin salí de la cueva, el sol se ocultaba como una brasa anaranjada entre las montañas de la sierra. Entonces sentí que algo nuevo se había aferrado a mi alma tras leer aquellos versos; los versos de un poeta herido por el destino y la rabia de la injusticia; un poeta que era la voz del pueblo, y al que se le dejó agonizar de manera premeditada hasta el fin de sus días. Esos poemas guardaban el vigor de un puño tembloroso por la enfermedad pero firme en su mensaje.





10



.......Cuatro días después me cite de nuevo con Sarah en la tetería árabe. Ella había recabado más información al respecto, y me puso al tanto de muchos detalles que desconocía. De esa manera, codo con codo, pudimos ir reconstruyendo definitivamente el rompecabezas de aquella historia. Sarah me habló de la siniestra figura de un tal padre Vendrell. Dicho personaje era el capellán de la prisión de Alicante donde estuvo preso Miguel Hernández. De él se decía que era lucifer disfrazado bajo una sotana… Con su diabólica perversidad, cavó la tumba del poeta y de muchos otros reclusos inocentes. El padre Vendrell solía alentar de esta manera a los republicanos prisioneros que iban a ser fusilados de madrugada: “No os dejéis invadir por el miedo, hijos míos, porque los soldados tienen muy buena puntería y no os harán ningún daño”, y luego aquel hombre piadoso añadía con regocijo: “Vosotros sí que sois bienaventurados, puesto que conocéis el momento exacto en que ha de veniros la muerte, y así podéis poneros en paz con Dios, que es lo único que debe importaros”.
.......Dicho sacerdote jesuita fue el que frenó sistemáticamente las peticiones de Miguel y su familia para que fuera atendido en un hospital, ante lo avanzado de su enfermedad contagiosa. El tifus y la tuberculosis devoraban su cuerpo ante la indolencia del cura. Miguel llenaba cubos de pus bajo la insalubre cama de la prisión, donde murió abandonado de Dios y de los hombres que habrían podido salvarle. El padre Vendrell visitó al poeta ya moribundo en el lecho, y le dijo con refinada crueldad: “Nosotros no vamos a conseguir de usted que se retracte, pero tampoco usted conseguirá que lo saquemos de aquí con vida”. Poco tiempo después Josefina se confesó con él, y le suplicó: “Padre, mi marido se me está muriendo en la cárcel y yo estoy sufriendo mucho”. Él le contestó en tono cínico y malicioso: “Hija, la Iglesia no tiene la culpa de eso…”
.......Varios reclusos que sobrevivieron al infierno de aquella cárcel, dan fe de que el sacerdote llevaba oculta una pistola del nueve largo en la sotana, que hacía pasar por un crucifijo.
.......Muchas cartas fueron retenidas por la voluntad malévola del padre Vendrell, que manejaba a su antojo la correspondencia de los presos, apartando del destinatario aquellas misivas que consideraba peligrosas, ya que podían soliviantar el ánimo de quien las recibiera, iniciando así una revolución popular contra el poder establecido años atrás de forma autoritaria por el ejército sublevado. Se vigilaron de manera especial las cartas enviadas por Miguel Hernández, pues temían que con la destreza de su pluma se pusieran al descubierto muchas de las atrocidades cometidas en la prisión de Alicante. El padre Vendrell mantenía una relación de amor-odio con Miguel: a pesar de que admiraba hondamente la obra del poeta, fue capaz de aniquilarle por no querer retractarse de sus escritos ante la Santa Madre Iglesia. El clérigo guardaba en el despacho del penal aquella valiosa colección de versos, más por pura admiración que por temor a que fuesen propagados entre el pueblo llano. Algunos funcionarios de la cárcel mantenían contacto con los reclusos, y todos sabían que el comisario eclesiástico iba acumulando los poemas de manera clandestina.
.......Miguel, ya a punto de morir, pidió a sus compañeros que recuperasen aquellas cartas y que se las hicieran llegar a su mujer. Meses después pudieron cumplir sus deseos: gracias a un funcionario confidente de los presos lograron hacerse con las cartas requisadas, y por medio de una cadena de personas las hicieron llegar hasta Josefina. Pero el riesgo de conservarlas en su casa era demasiado alto, por lo que se decidió ponerlas a salvo en un lugar secreto. Alguien con influencia en el Colegio de Santo Domingo introdujo allí las cartas, que fueron archivadas junto a varios volúmenes de poesías antiguas. A corto plazo, el Colegio de Santo Domingo era el lugar idóneo para ocultar los versos de Miguel Hernández. Nadie en aquellos tiempos sospecharía jamás, que la obra póstuma de un poeta republicano pudiera hallarse en el interior de una iglesia. Allí debieron permanecer varios años durante la posguerra. Pero el padre Vendrell se enteró por terceras personas de que en algún archivo del Colegio se ocultaban los escritos del poeta; escritos que él mismo le había robado durante su estancia en la cárcel. Siendo conscientes del riesgo que podían correr las poesías, se decidió esconderlas bajo una losa de la iglesia. Más tarde, después de continuos registros infructuosos ordenados por el capellán, las cartas se ocultaron en la Cueva del Calor junto a las ruinas del castillo moro. Bajo la losa secreta de la iglesia, solamente se dejó un mensaje encriptado dentro de un cofre, que sería custodiado por la calavera de Frater Joanes de Vesellis, hasta que terminase el estado de opresión que reinaba en el país.
.......No se sabe en qué momento, pero Josefina Manresa se encargó de meter tras el marco de la foto familiar el papel que daba la pista sobre dicho pergamino, para que algún día fuese desvelado el paradero de los versos, como así fue.





11



.......A la semana siguiente regresé a mi ciudad compungido y exhausto, aunque plenamente satisfecho de mi investigación. A pesar de haberme quedado sin trabajo como consecuencia de la nota que hallé tras ese viejo marco torcido, sigo pensando que el esfuerzo por descifrar el enigma de la calavera mereció la pena. En cualquier caso, fue el capricho del destino el que trenzó los hilos de esta aventura. Como tantas veces a lo largo de nuestra existencia, el viento sopla a su libre albedrío, haciéndonos fondear en lugares insospechados.
.......A pesar de los años transcurridos desde aquel sorprendente hallazgo, todavía guardo en mi memoria cada instante vivido, tanto en la iglesia de Santo Domingo como en la Cueva del Calor. Incluso aún conservo entre mis dedos el tacto de aquellas hojas húmedas, y la letanía de los versos flotando en mi mente como un perfume liviano.
.......De Sarah Zarco tengo que decir que nunca volví a saber de ella. Poco tiempo después partió para Nuevo México en busca de sus sueños… Quizás fue lo mejor para mí, pues en aquel momento de mi vida el amor era algo que incluso me hacía daño. Lo cierto es que jamás olvidaré esa mirada firme y ese tono de voz que acariciaba las palabras, atrapando el alma de quien las escuchara.
.......Nunca me arrepentí de mi decisión de dejar allí enterrados los escritos, aunque más de una vez estuve tentado de volver a la cueva para rescatar los versos y esparcirlos por el mundo. Por desgracia, dicho cometido ya resulta del todo imposible… Algunos años después de mi incursión, un desplome de rocas subterráneas selló para siempre la Cueva del Calor.
.......Hoy en día, cuando regreso por aquellos campos de naranjos y limoneros, no puedo dejar de sentir una intensa melancolía. A menudo contemplo las montañas escarpadas al atardecer, y tengo la sensación de que esos versos ocultos afloran al exterior por cada poro de la tierra.
.......Ha pasado mucho tiempo desde que un muchacho pletórico de ilusión y lleno de vida, cuidaba su rebaño de cabras mientras escribía poemas en un cuaderno desgastado. Pero no me cabe la menor duda de que su espíritu resurge a cada instante en aquella sierra cubierta de tomillo y romero.
.......Sí, Miguel Hernández todavía permanece allí, lanzando versos al viento como un águila herida que remonta el vuelo hacia la eternidad.







FIN


Dedicado a Miguel Hernández (1910-1942)

Oscar Nóbregas, Orihuela 2010


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Otros relatos de Oscar Nóbregas:

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LA HABITACIÓN DEL ESPEJO




1



.......Llevaba años sin entrar allí.
.......El mero hecho de pensar que alguna vez tendría que atravesar el umbral de esa puerta le producía escalofríos... La última ocasión que tuvo el valor de hacerlo fue con la máscara ocultando su verdadero rostro; pero Rael sabía que antes o después debería enfrentarse al espejo.
.......Siempre mantuvo la habitación sellada con un par de cerrojos, y cada noche revisaba las llaves en el cajón de la mesilla para asegurarse de que no faltaba ninguna.
.......Los niños muchas veces habían querido entrar en aquella estancia, aunque él se negaba en rotundo a dejarlos ni tan siquiera vislumbrar lo que se ocultaba en ella... Rael sospechaba que el paso del tiempo habría vuelto aquel lugar cada vez más tenebroso: imaginaba el espejo rodeado de candelabros, con mugrientas telarañas que se cruzaban de lado a lado. Sobre la cómoda, una vieja Biblia polvorienta con las tapas raídas, era testigo mudo de las noches silenciosas. Durante lustros permaneció abierta en el Antiguo Testamento, por el capítulo donde Abraham ofrece su propio hijo a Yahvé como sacrificio.
.......En realidad era lo único que existía allí dentro, pues la habitación quedó desalojada muchos años antes tras la muerte del abuelo materno, día en el que el difunto estuvo de cuerpo presente durante toda aquella lúgubre velada. Ahora la alcoba se mostraba fría y húmeda bajo la oscuridad...







2


.......Como cada mañana, Rael cogió el sombrero de la percha y se puso el rostro. Nada más salir a la calle, comenzaba una peculiar danza de saludos y buenas maneras. Su reputación en el barrio era intachable. Todo el vecindario le consideraba una persona afable y simpática a raudales. Se decía de él que era el marido y el padre perfecto, digno de la mejor familia.
.......Rael alzaba el sombrero y daba los buenos días con donaire. No existía dama que a su paso tuviera que enfrentarse con una puerta cerrada: allí siempre oportuno estaba Rael, haciendo alarde de caballerosidad y palabras perfumadas. Pero la realidad era bien distinta. Cuando Rael volvía a casa, colgaba el rostro junto al sombrero y todos se echaban a temblar... Con la misma mano que abría la puerta a las damas, noche tras noche maltrataba a su esposa. También atemorizaba a sus hijos amenazándoles con dejarlos en la calle pidiendo limosna y durmiendo bajo un puente del río que cruzaba los arrabales.
.......A veces Rael observaba de cerca a Anna, y si descubría una arruga nueva se lo recriminaba con crueldad. No podía soportar el hecho de descubrir en su cuerpo los pliegues de la vejez... Tiempo atrás, Anna fue famosa en el lugar por su belleza. Desde la juventud, a su paso los hombres se giraban exclamando algún piropo. Pero el transcurso de los años había ajado sus facciones. De aquella mujer lozana, sólo quedaban las fotos y el recuerdo. Muchas tardes plomizas Anna se ahogaba en su soledad, contemplando esas imágenes en las cuales se mostraba radiante: acariciaba el papel y cerraba los ojos volando hacia el pasado, cuando su belleza provocaba la admiración de cualquier hombre... Ahora tan sólo era un estorbo para su marido. Rael se mostraba incapaz de mirar en el interior de su esposa y valorar las virtudes espirituales que ella irradiaba; virtudes que no se podían tocar, pero inigualables en otro tipo de belleza.
.......Lo cierto es que Rael no soportaba la decadencia de su físico, pues en ella veía reflejada su propia amargura: la amargura de un ser superfluo que jamás quiso alimentar su espíritu... Con el paso de los años, Rael comprendió que su vida de fachada se desmoronaba por momentos. Aun así, para él seguían siendo más importantes las relaciones con extraños, que las de sus propios familiares; por ello cultivaba su hipocresía con denuedo. Todas las mañanas, tras el desayuno, Rael ensayaba los gestos más corteses y las palabras más precisas para ganarse al público: «¡Buenos días, don Cosme! ¡Que tenga una jornada agradable!» «¡Saludos a su marido, doña Matilde! ¡Pase usted una buena tarde!»
La sonrisa de Rael era mecánica, se diría que como accionada por un resorte. Tan sólo quien se fijase bien, podía descubrir que estaba completamente hueca... Aquella sonrisa esperpéntica resultaba incapaz de encender el brillo en sus ojos, puesto que no salía del alma. Era un mero recurso; un reclamo para ganarse la simpatía de las gentes, y, ciertamente, lo conseguía. Don Rael saludaba efusivo a los vecinos, que jamás pudieron sospechar lo que se cocía en su casa de puertas para adentro.
.......Rael siempre fue un mentiroso compulsivo. Necesitaba mentir, como el que necesita oxígeno para respirar. Engañaba, intrigaba e incluso calumniaba, con tal de acrecentar su reputación... Ese era su único tesoro: vivir inmerso en la mentira de su propia imagen para ocultar así su verdadera naturaleza, que era del todo mezquina y abyecta.





3


.......Nada más entrar en el recibidor, Rael colgaba el sombrero junto al rostro. Entonces es cuando mostraba su verdadera cara, oculta hacia el resto del mundo, pero terrible para todos los que debían padecer aquel despotismo. A su mujer le gritaba con desprecio por la más mínima circunstancia: si el guiso no estaba sazonado a su gusto, volcaba la olla esparciendo la comida por el suelo. Después le ordenaba recogerlo con el cazo, para servirlo en su plato y en el de los niños. Rael disfrutaba observando cómo a duras penas engullían cabizbajos bocado tras bocado... Aquello era una muestra de sumisión placentera, que le regocijaba en lo más profundo de su maldad.
.......Las duchas de agua fría, los pellizcos retorcidos o la correa del cinturón, eran algunos de los métodos que utilizaba para llevar a sus vástagos por el buen camino. «¡No papá, eso no!», suplicaban los niños, sobrecogidos cuando su padre les imponía algún tipo de escarmiento. «¡Así aprenderéis!», rugía iracundo con las venas del cuello hinchadas y el rostro congestionado.
.......Cierta noche que Rael llegó a casa, los hijos, temerosos ante cualquier castigo arbitrario que pudiera imponerles, no salieron a recibirle. Sus zapatillas faltaban junto al sillón y la cena aún no estaba puesta sobre la mesa. Furioso, dio una patada en la puerta del dormitorio de los niños, haciendo un agujero que permaneció allí durante toda su infancia. De esa forma, quiso recordarles siempre lo que pasó aquel día...
.......Entre muchas otras mezquindades, Rael escondía el chocolate a sus hijos bajo llave, dándoles una mísera onza a cada uno por el día de su cumpleaños. Para entonces, el chocolate ya estaba rancio; pero ellos lo tragaban con desgana, evitando así la cólera de su padre, el cual los humillaba de forma constante para debilitarlos en su ánimo.
.......Uno de sus juegos favoritos era hacerles rabiar con enredos sibilinos. Enfrentaba a sus hijos mediante calumnias entrecruzadas y se regodeaba viendo el efecto que los comentarios provocaban entre ellos. Pero el acto más repugnante del que fue capaz, sucedió cuando su tercer hijo murió ahogado en el río. Rael decidió enterrarlo en una tumba sin nombre por ahorrarse el dinero. Ni tan siquiera constaba una mínima inscripción en letras de plomo sobre su pequeña lápida... Aun así, solía decirles a todos que no merecían un padre como él; un padre que se había ganado la mejor reputación posible en el barrio.
.......Sin embargo, Anna conocía bien las inclinaciones disolutas de su marido: muchas veces después de cenar, Rael salía sigilosamente de casa, con el sombrero calado y las solapas de la gabardina levantadas... Amparado en el manto de la noche, frecuentaba prostíbulos de los arrabales y alternaba por los lugares más sórdidos, donde solía apostar grandes sumas de dinero en partidas clandestinas de cartas. Cuando perdía en alguna apuesta temeraria, regresaba a casa borracho y maldiciendo a su familia.
.......Rael jamás tuvo una muestra de afecto con sus hijos. Ninguno de ellos sabía lo que era recibir cariño paterno. De no ser por el amor de su madre, habrían crecido sumidos en la desolación. Él pensaba que toda su simpatía debía estar reservada a la gente de la calle: al vecino de enfrente, al jardinero del parque, al concejal del ayuntamiento o incluso a los forasteros. Y, sin duda, Rael conseguía siempre sus propósitos: ningún ciudadano del barrio fue capaz de adivinar el submundo que se vivía entre las paredes de aquella casa...







4


.......Año tras año, la belleza de Anna iba marchitándose bajo el desprecio de Rael. A la par que sus fotos, su felicidad se fue amarilleando paulatinamente... Invadida por la tristeza, recordaba todas las humillaciones que padeció durante sus embarazos. Rael no podía aceptar el hecho de que su piel, antaño tersa y suave como el terciopelo, se fuera cubriendo de estrías a medida que paría a sus hijos. Muchas tardes lluviosas Anna lloraba cuando le venían a la mente todas esas infidelidades, mientras los pequeños iban creciendo en su vientre. Rael le echaba en cara que ya no era tan atractiva y que se había descuidado con la crianza de sus retoños. «¡Mira tus pechos!», le gritaba. «¡Están flácidos de tanto amamantar!»
.......Cada noche, como de costumbre, Rael abandonaba el lecho conyugal para satisfacer con el cuerpo de otras mujeres sus ansias de lascivia desenfrenada. Un embarazo tras otro, Anna tuvo que padecer aquella cruel vejación, mientras los hijos iban creciendo entre muestras de desprecio. De alguna manera, también les reprochaba haber ido deteriorando el cuerpo de su esposa. Para Rael seguía siendo más importante un saludo efusivo a cualquier vecino, que una simple caricia hacia alguno de ellos. Tan sólo se alimentaba de lo superficial, ignorando que la verdadera felicidad tiene sus raíces en los sentimientos más profundos.





5


.......Como todo campo que no es labrado, resulta imposible cosechar fruto alguno de la nada, y menos de un ser querido. Uno tras otro, los hijos fueron abandonando el hogar, hasta que sólo quedó el más pequeño de ellos. Oliver tuvo que cargar con toda la frustración de un padre que no sabía asumir con naturalidad su vejez ni la de su mujer. Necesitaba a alguien sobre el que vomitar sus remordimientos y utilizó a Oliver como cabeza de turco. Muchas veces le humillaba haciéndole sentir culpable de haber nacido...
.......Oliver a menudo padeció castigos desmedidos por parte de su padre: en numerosas ocasiones, el puente sobre el río en los arrabales pasó a ser su segundo hogar. Ni en lo más crudo del invierno, Rael tenía piedad de su último hijo. Copiosas nevadas acompañaron a Oliver bajo el puente, donde sólo se guarecía con una vieja manta roída que encontró en el desván. Anna solía darle un mendrugo de pan y un pedazo de queso a escondidas, para que al menos tuviera algo que echarse a la boca mientras durase el castigo.
.......El embarazo de Oliver fue el más angustioso para Anna. Durante los nueve meses de gestación, Rael se mostró más cruel que nunca. Antes de nacer, Oliver ya sufrió la brutalidad de un padre despiadado: Rael volvía siempre borracho a casa en plena madrugada, incluso a veces despuntando el alba. Al llegar, insultaba a Anna y la despreciaba, jactándose de que había yacido durante toda la noche con mujeres más jóvenes que ella.
.......En el transcurso de su infancia, Oliver vivió el infierno y la angustia del maltrato psicológico, unido al estupor de ver a un padre que se transformaba al salir de casa cada mañana, colocándose el rostro bajo el sombrero.






6


.......Llegó un momento en el que la hipocresía de Rael rebasó los límites: consciente de su culpabilidad y comido por el remordimiento, en lugar de expiar las malas acciones pidiendo perdón a sus hijos, comenzó a justificarse con los vecinos de la poca atención que éstos tenían hacia su persona. Al salir de casa, siempre que podía se lamentaba diciendo que todos le habían abandonado... Solía quejarse de que solamente los veía una vez al año en Nochebuena. Rael apretaba el sombrero contra su pecho y terminaba llorando sobre el hombro de algún vecino incauto. El verdugo asumió el papel de mártir, vertiendo la carga de sus pecados en las espaldas de los demás.
.......Día tras día, fue manipulando la verdad de manera maquiavélica, hasta poner en contra de sus hijos a todo el vecindario. Para la opinión pública, era imposible que Rael pudiese mentir y nadie se planteó en ningún momento dudar de su palabra. Todos, incluido el jardinero, el concejal, don Cosme y doña Matilde, lamentaban que unos hijos desagradecidos hubieran desamparado a un padre tan bondadoso y ejemplar. Su reputación brillaba de manera impecable, a pesar de sus intenciones sibilinas... De esa forma, Rael continuó afilando las garras bajo su piel de cordero.
.......Poco a poco, sus difamaciones fueron calando en la opinión del vecindario y la gente comenzó a retirar el saludo a Anna. A su paso, cuchicheaban palabras de desprecio hacia ella y sus hijos: «¡Qué poca vergüenza! ¡No hay derecho lo que están haciendo con un hombre tan bueno!», murmuraba don Cosme. «¡Ay, Dios mío! ¡Qué injusta es la vida!», se lamentaba doña Matilde.
.......Aquello era más de lo que un alma bondadosa podía soportar. Anna cayó sumida en una depresión que la hundió en los más profundos abismos de la melancolía. Pasaba las horas muertas en la cama, abandonada por completo. Ya ni siquiera sacaba las fotos de su juventud para contemplarlas. Aquellas imágenes del pasado, fueron amohinándose en un cajón oscuro del armario...
.......Una fría mañana de diciembre, Anna murió de pena. Nada más fallecer, varias lágrimas resbalaron por sus mejillas. Hasta el último hálito, la pobre mujer padeció el terrible sufrimiento que produce el desconsuelo.
.......Oliver le dio un beso en la frente, colocó una rosa roja entre sus manos, recogió las fotos de su madre y abandonó para siempre aquel infierno. Antes de partir, dejó una nota en el forro del sombrero, que decía así:
«El que es capaz de matar al amor, algún día pagará por ello.»








7


.......Las luces de los árboles iluminaban varias calles de la ciudad. Los niños correteaban en el parque jugando con sus regalos, mientras lucían gorros encarnados con borlas blancas. Se podían escuchar alegres villancicos saliendo por las ventanas de todos los hogares. Las chimeneas humeantes delataban suculentos guisos que preparaban las madres, ayudadas siempre por los sabios consejos de la abuela... Todo era paz y sosiego. Parecía como si los duendes hubiesen esparcido un manto de felicidad sobre los tejados de las casas.
.......Aquella Nochebuena Rael cenó solo. Los gritos de júbilo y las risas de los niños se colaban entre las rendijas del ventanal, haciendo su soledad insufrible. Se tapaba los oídos apretando los dientes, mientras maldecía la suerte que le había deparado el destino. Comido por la rabia, bajó las persianas procurando amortiguar los destellos de felicidad que provenían de afuera. Tampoco ningún vecino se acordó aquella noche de él. Todos estaban demasiado ocupados entre regalos y visitas familiares, como para acordarse del ciudadano más ejemplar que habitaba en el barrio.
.......La cena permanecía servida junto con los cubiertos de plata y la vajilla de porcelana, a la espera de ser utilizados por unos hijos que ya nunca regresarían a casa. Sentado en un extremo de la mesa observaba las sillas vacías, recordando uno por uno los rostros de esos hijos a los que había maltratado. Tras dos horas sentado en silencio, la comida aún estaba sobre el mantel ribeteado en oro, sin que Rael hubiera podido probar bocado.
.......Era ya medianoche, cuando el carillón de pared comenzó a dar las campanadas. Entonces lloró desconsolado tapándose el rostro entre sus manos, mientras gritaba: «¡Por qué me habéis hecho esto, si siempre fui un buen padre!» De pronto, el cielo comenzó a encapotarse. Decenas de nubes negras se agolparon sobre un firmamento que durante toda la noche había permanecido estrellado. El sonido de los truenos se escuchaba retumbante en la lejanía. Infinidad de relámpagos alumbraban el horizonte, salpicando el cielo con fugaces destellos que cegaban la vista. Una tormenta amenazaba con descargar de forma inminente sobre la ciudad.





8


.......Rael permanecía sentado en la silla como un autómata, contemplando el guiso de cordero en la fuente de metal repujado. Miraba pensativo dejando la vista perdida, ajeno a la borrasca que se cernía sobre la urbe. Pequeñas gotas de lluvia comenzaron a resbalar por las ventanas, como preludio de la tempestad que se avecinaba.
.......Sus ojos hundidos contemplaban incrédulos aquellos asientos vacíos... En pleno delirio, creyó ver los espectros de sus hijos flotando inertes sobre las sillas. Con los labios temblorosos, Rael les preguntó por qué le habían abandonado. Uno tras otro, fueron recordándole todas las crueldades que había cometido con ellos y con su madre. A medida que las palabras de los hijos desbordaban su conciencia, la lluvia, que en un principio caía tenue, empezó a arreciar con fuerza. Las gotas de agua se precipitaban en tromba, haciendo invisible la calle desde el interior. Apenas se podía vislumbrar la luz mortecina de las farolas en medio de la intemperie.
.......Rael escuchaba aquellas acusaciones negando con la cabeza. Su cuerpo se volvió tenso y le era imposible articular los miembros... Las manos se aferraban a la silla... Apretándose contra el respaldo, cierta sensación de vértigo le recorría la espalda... De repente, una tremenda granizada comenzó a golpear el ventanal. Poco a poco, las bolas de granizo fueron aumentando de volumen hasta alcanzar el tamaño de nueces heladas. Mientras aquellos proyectiles de hielo amenazaban con hacer añicos varios cristales, los espectros proyectaban sobre la mente corrompida de Rael, terribles escenas del pasado donde aparecía su figura maltratando a la familia: gritos, insultos, amenazas, vejaciones... golpeaban sobre su conciencia con tanto ímpetu como lo hacía el granizo contra el ventanal.
.......Descargas eléctricas comenzaron a caer sobre los pararrayos, mientras padecía el suplicio de contemplar las mezquindades que había cometido durante años. Llegó un momento en el cual no pudo soportar todo el peso de sus pecados: haciendo un esfuerzo sublime, Rael consiguió levantarse de la silla y golpeando los puños sobre la mesa, espetó: «¡¡Basta ya!!» De pronto, los cubiertos comenzaron a tintinear en una danza macabra... La vajilla vibraba tambaleándose ante sus ojos atónitos... Justo cuando los espectros desaparecieron, un tremendo haz de luz proveniente del exterior invadió el salón. Tras varios segundos en los que el silencio inundó la estancia, una brutal descarga se precipitó desde el cielo sobre el tejado. Rael perdió el equilibrio, dando con sus huesos en el suelo. Atemorizado, permaneció boca abajo protegiendo su cabeza entre los brazos...








9


.......Cuando por fin amainó la tempestad, se puso en pie con cautela. Aquel tremendo rayo había dejado sin luz toda la casa. Asomándose al ventanal, comprobó que el resto del barrio también estaba a oscuras. Una extraña calma tensa podía percibirse en el ambiente... Rael caminó a tientas hasta la cocina, con la intención de buscar alguna vela que le permitiese iluminar el comedor. Tras encender una gruesa cerilla de las que utilizaba para el fogón, rebuscó entre los estantes durante un buen rato: tijeras, coladores, abrelatas, morteros, sacacorchos... Toda clase de artilugios domésticos se le enredaban entre los dedos ante su desesperación. Después de una búsqueda infructuosa, recordó que en la habitación del espejo estaban aquellos viejos candelabros, que hasta la muerte de los abuelos siempre fueron utilizados en Nochebuena.
.......Durante varios segundos permaneció dubitativo. Nadie había entrado en ese cuarto desde hacía lustros y atravesar el umbral de aquella puerta le daba pánico... Rael pensó que no sería prudente entrar allí desprovisto de su rostro. Salió a tientas de la cocina y fue palpando el pasillo en dirección al recibidor. Sin embargo, una fuerza invisible comenzó a arrastrarle hacia la alcoba. Era como si unos brazos musculosos accionaran sus movimientos, de los cuales ya no era dueño.
.......Aquella fuerza insondable le dirigía casi empujándole en dirección opuesta a la entrada de la casa. Rael quiso oponer resistencia clavando las uñas en la pared y tensando las piernas contra el suelo; pero por más que intentaba aferrarse, todo su esfuerzo era en vano. Articulado como una marioneta, avanzó hasta su dormitorio y cogió las llaves que había en el cajón de la mesilla, para poder abrir los cerrojos que sellaban aquella lúgubre habitación... Por unos momentos quiso rebelarse, pues le horrorizaba tener que entrar allí sin su máscara. Pero le fue del todo imposible. Algo parecido a una voz de ultratumba le llamaba desde el fondo de la alcoba.




10


.......Rael sintió alivio. Aquella energía intangible había cesado, permitiéndole moverse con cierta libertad. Sacó el pañuelo de su bolsillo y se enjugó el sudor de la frente. Con las manos temblorosas agarró el manojo de llaves, comprobando que el robín las cubría por la falta de uso.
.......Resignado, se encaminó paso a paso en dirección a aquel cuarto maldito. A pesar de no sentirse empujado, sabía que al más mínimo movimiento en dirección opuesta, la fuerza invisible volvería a acometerle de nuevo. Apoyando las manos en la balaustrada de madera que llevaba hasta el segundo piso, subió los escalones que conducían a la habitación del espejo... Una vez más, los truenos comenzaron a escucharse con fuerza. La madera desgastada crujía bajo sus botas con sonido lastimero. En lo más íntimo de su ser, tuvo el pálpito de que cada peldaño le estaba acercando a su destino... Entonces le vino a la mente la imagen de su esposa. Justo a la entrada de la puerta, Rael se arrodilló avergonzado pidiendo mil veces perdón mientras sollozaba; pero aquellas lágrimas no brotaban de su corazón, sino que eran fruto de su cobardía.
.......Agarrado al último destello de esperanza, pensó que entrando a oscuras su imagen no se reflejaría en el espejo. Por fin se incorporó a duras penas, y encendiendo una de las cerillas que había guardado en el chaquetón iluminó la puerta. Con gesto irresoluto, introdujo una primera llave en la cerradura sin dificultad. Sin embargo, el cerrojo de la segunda estaba muy oxidado y no había forma de abrirlo. La vieja llave chirriaba quejumbrosa, negándose por completo a girar. Tras varios movimientos bruscos, al fin liberó la puerta del pestillo... Con la respiración entrecortada, empujó aquel viejo portón de madera desgastada y pudo entrar en la alcoba.







11


.......Una oscuridad absoluta reinaba tras el umbral de la puerta. Rael permaneció frente a la entrada, dibujando en su memoria las escenas que tuvieron lugar el último día que estuvo allí dentro. Recordó el cadáver rígido del abuelo yaciendo sobre el vetusto catre de nogal. Por unos instantes, tuvo la sensación de que el cuerpo del difunto aún permanecía en el aposento... Pero tan sólo eran elucubraciones de su mente. La luz de un relámpago iluminó de forma momentánea el cuarto oscuro, y pudo comprobar que, en efecto, todo era producto de su imaginación. A pesar de seguir teniendo un aspecto tenebroso, allí ya no estaba aquel obsoleto catre. Solamente continuaba en el interior el antiguo espejo rodeado de candelabros. Aquella cornucopia había ido pasando de generación en generación, perdiéndose su origen en la noche de los tiempos... Sobre la cómoda, también pudo observar la antigua Biblia de tapas raídas, la cual, sin duda, continuaría abierta por el capítulo donde Abraham ofrecía a su hijo en sacrificio.
.......La intensidad de los relámpagos fue en crescendo, de tal manera que en breves intervalos la estancia quedaba iluminada. Haciendo acopio de valor, Rael por fin entró en la habitación. Introdujo primero un pie, manteniendo el otro bajo el umbral, mientras sus manos temblorosas se agarraban al marco de la puerta. Después hizo lo propio con el segundo pie, viéndose ya por completo dentro de la alcoba.
.......Aunque todo permanecía en calma, notaba una energía que se desplomaba del techo contra su cuerpo. Quiso avanzar, pero se dio cuenta de que sus movimientos eran pesados. Cada paso le suponía un esfuerzo añadido. Por un momento se detuvo y observó todo de lado a lado. Cuando los relámpagos iluminaban la habitación, sus retinas captaban algunos detalles de aquel tétrico lugar: un sinfín de mugrientas telarañas se habían apoderado de los rincones. En la traviesa que sujetaba las cortinas polvorientas, colgaban boca abajo varios murciélagos negruzcos que emitían siseos agudos. Tras el retumbe de los truenos chillaban con más fuerza, revoloteando para después refugiarse en el respiradero por donde habían entrado. En esos instantes la lluvia comenzó a arreciar con violencia y observó cómo varios goterones empapaban el suelo junto a la ventana.
.......A pesar de aquel ambiente tan desapacible, Rael empezó a sentirse más tranquilo. Aquella fuerza que en un principio le aplastaba desde el techo, desapareció. Ya podía desplazarse a tientas por el cuarto sin dificultad alguna.
Rael suspiró hondo. Caminando con precaución decidió sentarse en el suelo, apoyando su espalda sobre la pared junto a la cómoda. Jamás hasta esa noche había sentido en sus carnes una soledad tan desgarradora. Por más que intentaba asimilarlo, no lograba comprender el hecho de haber sido abandonado por unos hijos a los cuales, según él, nunca les había faltado nada. Ahora se encontraba derrumbado en aquella húmeda y tétrica estancia ignorado por todos...
.......Permaneció sentado durante varios minutos, con la vista fijada en los haces de luz producidos por los relámpagos, que de manera intermitente cegaban sus ojos. Encima de la cómoda destacaba la vieja Biblia, custodiada por los dos candelabros dorados de seis brazos. Rael recordó que aquel libro sagrado fue dejado abierto de manera intencionada, por el pasaje en el cual Abraham estaba decidido a entregar a su hijo en sacrificio como muestra de lealtad a Dios. Comido por la curiosidad, quiso comprobar si aquel capítulo permanecía aún inalterable sobre la cómoda. Se incorporó del suelo, y a tientas rebuscó en el chaquetón alguna de las cerillas que había guardado cuando estuvo en la cocina. La llama del fósforo humeante iluminón el cuarto...
Con el brazo extendido, fue girándose poco a poco para contemplar con detalle lo que había en derredor. De pronto se le heló la sangre. A su derecha había notado el movimiento de un bulto oscuro. Por unos instantes permaneció inmóvil. Mirando de soslayo, percibió una sombra que le observaba desde la oscuridad... Su mano temblaba y la cerilla se consumía poco a poco junto a los dedos. Sopló para no quemarse y de nuevo un manto negro lo cubrió todo. Se quedó estático, esperando tembloroso a que la luz de algún relámpago iluminase el espectro.
.......Aquella espera se hacía eterna para Rael. Por fin un resplandor le hizo ver con claridad que alguien permanecía inmóvil en la penumbra. Sin duda aquel ente le vigilaba, rodeado de un mutismo que empezó a crisparle los nervios. Una vez más sacó otra cerilla del chaquetón y avanzó varios pasos. Estaba decidido a desenmascarar a quienquiera que fuese. Rasgó el fósforo, y el cuarto volvió a iluminarse... Aunque extendió el brazo, aún le faltaba coraje para mirar adelante. Armado de todo el valor que pudo, cogió un candelabro de la cómoda y encendió varias velas. Ahora todo a su alrededor relucía con nitidez. Rael alzó el candelabro y poco a poco fue subiendo la cabeza. Su corazón se aceleró. Sentía las pulsaciones rebotando contra el pecho a punto de estallar... En un arrebato de locura clavó su mirada sobre aquel rostro fantasmagórico. Al primer golpe de vista, no reconoció el semblante que se mostraba ante él. Observó que sus rasgos eran sumamente desagradables. Las facciones angulosas formaban trazos lejanos a la armonía. Aquella faz era como la de una efigie rescatada de una tumba, que durante siglos había yacido oculta bajo un sarcófago.
.......Permaneció mirando al individuo, mientras sus dientes castañeteaban entre las mandíbulas desencajadas... No sabía si huir de allí o abalanzarse sobre aquel fantasma a la desesperada... Durante unos instantes estuvo sumido en aquella incertidumbre, hasta que observó un detalle que le llamó la atención: aquel sujeto vestía una ropa similar a la suya. También sostenía un candelabro idéntico, aunque a diferencia de Rael lo blandía con la mano izquierda... Hipnotizado, comenzó a imitar uno por uno todos los movimientos del espectro, que a su vez eran repetidos fielmente en aquella figura demoníaca... Por un momento llegó a pensar que se burlaba de él, pero su expresión no reflejaba ningún gesto chancero, sino más bien todo lo contrario.
.......De repente, algo en su mirada le resultó familiar: en los ojos pudo observar un vacío infinito; un vacío perteneciente a un ser que había adulterado el alma durante toda su existencia... Rael se echó a temblar. «No...... No puede ser......», masculló horrorizado al contemplar de nuevo aquella imagen. Dando un grito de terror comenzó a hacer aspavientos, mientras sus ojos desorbitados pretendían huir de esa visión. Al girar con brusquedad sobre sí mismo, las llamas del candelabro prendieron varias telarañas que colgaban frente al espejo sobre la cómoda. El fuego rápidamente se extendió como la pólvora, devorando aquel amasijo de telas enmarañadas. Durante varios segundos se produjo un humo negro que inundó la habitación por completo. Al disiparse la humareda, un grito de dolor le desgarró la garganta. El reflejo de su verdadero rostro en el espejo de la cornucopia se le hacía insoportable. Sin duda era un rostro demoníaco y enfermizo: la maldad rezumaba por cada uno de aquellos poros... Rael tuvo que ocultar sus ojos crispados bajo las manos temblorosas.
.......Un sinfín de imágenes se atropellaron en su mente confusa: en ellas entremezclaba todas las mezquindades que día tras día fue tejiendo a su familia... Intentó gritar de nuevo, pero esta vez dio un alarido estéril. Sus ojos se clavaron en aquel semblante y observó frente al espejo su propia descomposición: de las comisuras de los labios empezó a manar un líquido purulento y hediondo...... Su lengua rasposa había adquirido un tono amoratado, alargándose hasta colgarle a la altura del pecho...... Sus ojos vidriosos, desprendían de las córneas un humor amarillento que poco a poco le cegaba...... La lengua se balanceaba como un péndulo dislocado, profiriendo frases ininteligibles plagadas de exabruptos...... Una convulsión espontánea reventó los globos oculares, que se deshicieron en una agüilla fétida, resbalando viscosa por sus mejillas...... Las facciones se derretían dejando entrever los tendones de sus quijadas...... Uno tras otro, los dientes se fueron desprendiendo hasta caer rebotando contra el suelo...... La carne corrompida fue dando paso a una calavera desnuda y el cuero cabelludo desapareció por completo......
.......Solamente un apéndice resistió inalterable ante la descomposición: aquella lengua rasposa colgaba entre las mandíbulas del cráneo. Esa lengua que tantas veces había difamado a sus seres queridos.





12


.......Su cuerpo permaneció varios días postrado de rodillas, con las manos sobre la cómoda y el cráneo apoyado contra la Biblia, en el pasaje de Abraham. Decenas de gusanos retorcidos entraban y salían por todos los orificios, devorando la carne en estado de putrefacción.
.......Ninguno de los vecinos le echaron en falta durante aquel dramático suceso. Era lógico pensar que estuviera compartiendo esas fechas tan señaladas en compañía de sus familiares.
.......Nadie fue al entierro de Rael. Antes del sepelio, los hijos intentaron identificarle en la morgue, pero ninguno pudo reconocerlo. Aquel espectro comido por larvas que se arrastraban entre las cuencas vacías de los ojos, repugnaba a la vista. De su cuerpo exhalaba un olor nauseabundo, capaz de penetrar hasta el tuétano del que lo respiraba. El anillo de bodas resultó fundamental para dar un nombre al cadáver. En su interior se podía leer este grabado: «Con amor, siempre fiel.»
.......Rael fue enterrado sin inscripción alguna en la tumba, bajo la misma lápida en la cual yacía su hijo anónimo. No hubo ceremonia religiosa, ni tan siquiera un responso por el alma del difunto. El enterrador se limitó a hacer su trabajo, echando paladas de tierra sobre la caja de pino con suma rapidez.
.......Poco tiempo después, los hijos pusieron la casa en venta. El desalojo de los bienes se hizo bajo un silencio solemne, en una fría mañana de invierno. Todos los muebles y enseres, hasta los de más valor, fueron arrojados al vertedero. Ninguno quería seguir recordando aquel sórdido lugar por medio de objetos que habían permanecido allí durante lustros. Tan sólo salvaron un crucifijo de la madre, que guardaba en la mesilla desde el fallecimiento de su hijo pequeño.
.......La casa quedó desnuda, con las paredes como testigos mudos de lo que cierta vez fue el hogar de una familia. Sin embargo, a todos les pasó desapercibida una prenda que colgaba arrugada sobre el perchero con una sonrisa esperpéntica: el rostro de Rael.






FIN





Oscar Nóbregas, Madrid 2007